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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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30-05-2020

 

El día después

 

 

SURda

Opinión

Notas


Gustavo Esteva

 

Se está produciendo un despertar

 

Sin futuro

Perdimos piso bajo los pies. Nuestro mundo era razonablemente previsible. De pronto, de un día para otro, desaparecieron las tendencias profundas que nos permitían anticipar el rumbo general y probable de acontecimientos y comportamientos. No podemos ya prever qué pasará. Estamos ante la incertidumbre radical.

Hay inercias, obsesiones, propensiones y manías. Podemos suponer con fundamento que una variedad de actores y sectores de la sociedad persistirán en las líneas de comportamiento que los caracterizan. Pero no podemos saber cuál será el resultado de sus acciones en lo que sin duda será una nueva correlación de fuerzas, bajo circunstancias radicalmente novedosas.

El mundo que experimentaremos después de la pandemia no habrá cambiado tanto por ella como por las condiciones críticas que la precedieron. Casi nada sabemos del clima que está surgiendo tras el colapso climático. Menos aún sabemos qué quedará de las instituciones tras el colapso sociopolítico. La pandemia sólo acentuó los desafíos de la encrucijada a la que ya habíamos llegado.

Desde hace unos años Giorgio Agamben nos había advertido que el futuro ya no tiene futuro. Se lo robaron. El poder financiero habría secuestrado “toda la fe y todo el futuro, todo el tiempo y todas las esperanzas”. Agamben pensaba que la nuestra, una época de poca fe o de mala fe, de fe sostenida a la fuerza y sin convicción, “es una época sin futuro y sin esperanza –o de futuros vacíos y falsas esperanzas.”1

La incertidumbre puede ser angustiosa, particularmente para quienes se han acostumbrado a colgar su vida de algún futuro prometido y pocas veces se arraigan en el presente. Pero puede ser la oportunidad de regresar a la realidad y re-conocerla. El finado subcomandante Marcos tenía razón cuando hace una década nos advirtió que estábamos en un peculiar momento histórico en el cual, para poder olfatear el por diarreas virales, por falta de acceso a agua potable, o menos de la mitad de los muertos por accidentes de tránsito en 2018. Equivale también al número de homicidios en México en la última década. Al mismo tiempo, necesitamos reconocer con entereza que el mundo que conocíamos llegó a su fin y no volverá. No podrá retornar, cualquiera de las formas o definiciones que demos a la “normalidad”, ese conjunto de condiciones que eran insoportables para un gran número de personas, las que ahora han estado insistiendo en que no quieren regresar a ella. Lo planteó claramente Evade Chile el 19 de marzo: “No volveremos a la normalidad, porque la normalidad era el problema” (ídem).

Riesgo y oportunidad

Como subraya el símbolo chino de crisis, en ésta hay riesgo y oportunidad. De una parte, se observa ya que las fuerzas más oscuras de la sociedad, en el mundo entero, utilizan todas sus capacidades y recursos para establecer un régimen ferozmente autoritario en una sociedad de control. Con los medios electrónicos que se pusieron a prueba con la pandemia y otros recursos que se han estado experimentando en estos años en muchas partes del mundo, se creará la posibilidad técnica de someter a control pensamientos y comportamientos de individuos que han sido homogeneizados a través de esos mismos medios. Se implementarán experimentos que los gobiernos no se habían atrevido a poner a prueba: cerrar universidades y escuelas para que sólo haya enseñanza en línea, por ejemplo, y que “las máquinas sustituyan todo contacto –todo contagio– entre los seres humanos”.4 Ni siquiera Orwell fue capaz de imaginar distopía semejante. Se aprovechará el hecho de que hace años se avanza en esa dirección, produciendo entes nuevos en los cuales resulta ya muy difícil reconocer lo humano.

Esta construcción social aberrante ha empezado con la declaración del Estado de excepción o de emergencia. Se había ido estableciendo mediante la paulatina disolución del Estado de derecho, pero se hacía de trasmano, con pretextos como el terrorismo o los cárteles; los gobiernos se resistían a reconocer lo que hacían. Ahora se le declara formalmente, con el argumento de que se necesita para “salvar vidas”, lo que constituye un pretexto ridículo pero creíble. Como advertía Boaventura de Sousa Santos, se está desmantelando democráticamente la democracia.5 Con el pretexto de la pandemia, una mayoría parlamentaria acaba de otorgar a Víctor Orbán poderes omnímodos para que gobierne Hungría a su antojo, por tiempo indefinido, al margen de las leyes y las instituciones. Poco a poco toman esa misma dirección todos los gobiernos, sometiendo a control y confinamiento a la gente. En muchas partes ha estado llegando la policía mucho antes que el personal sanitario. Lo más grave es que muchas personas, hasta ayer defensoras apasionadas de las prácticas democráticas, aplauden con fervor ese proceso que las elimina. Se suman así a quienes seguían ciegamente a un líder o una doctrina y estaban ya programados para la obediencia. Se explota en nombre de la pandemia lo que Foucault llamaba el fascista que todos llevamos adentro, el que nos hace amar al poder que nos somete.6 La pandemia estaría dando aparente justificación a la obediencia general a normas y dictados con frecuencia insensatos. Se forma así el caldo de cultivo social que hace falta para establecer el nuevo régimen. De hecho, sin apelar a cualquiera de las teorías de la conspiración que circulan, se ha estado extendiendo la convicción de que estamos ante un experimento que pone a prueba lo que vendrá. “La actual emergencia sanitaria –sostiene Agamben– puede considerarse como el laboratorio en el que se preparan los nuevos arreglos políticos y sociales que esperan a la humanidad”.7 “Podríamos salir”, piensa Franco ‘Bifo' Berardi, “bajo las condiciones de un Estado tecno-totalitario perfecto”.8

Es la conclusión de Raúl Zibechi: “El militarismo, el fascismo y las tecnologías de control poblacional son enemigos poderosos que, aunados, pueden hacernos un daño inmenso, al punto que pueden revertir los desarrollos que han tejido los movimientos desde la anterior crisis”.9

De otra parte, paralelamente a ese riesgo, han estado emergiendo las oportunidades de recuperar el sentido y los sentidos, por el inevitable arraigamiento a lo local. Millones de personas, que carecen de reservas económicas y hasta de espacios en que puedan confinarse, personas acostumbradas a vivir al día que ven desaparecer las condiciones de las que dependía su sustento, están obligadas a producir localmente su propia vida. En general, ni el mercado ni el Estado podrán ocuparse de ellas o sólo lo harán en forma limitada y transitoria. Muchas sólo logran sobrevivir a corto plazo gracias a formas de solidaridad local que brotan por todas partes. Al mismo tiempo, miles de comunidades urbanas y rurales dejan de estar obligadas a bailar al son que les tocaba todo género de fuerzas, que se han ido quedando en silencio. Tienen que ocuparse por sí mismas de crear condiciones de supervivencia. De pronto, inesperadamente, se restablece plenamente la importancia de lo local y aún más el papel de las personas reales, que abandonan el que les asignaba la sociedad mayor para volver a ser ellas mismas.

La abrumadora insuficiencia de los servicios de “salud” en el mundo entero, combinada con la escandalosa confusión informativa que han logrado crear gobiernos y medios, incluyendo las redes sociales, otorga un valor inusitado a la experiencia concreta de cuidado y compasión. Se redescubre que para la inmensa mayoría de las personas nada mejor que el cuidado directo y personal de uno mismo y de los seres queridos. La “amenaza mortal de un enemigo misterioso” puede convertirse así, en la mayoría de los casos, en una gripe bien cuidada. Por todas partes personas y pequeñas asociaciones comparten en pequeña escala lo que tienen con los que no tienen y ofrecen protección a los agredidos de siempre, apoyadas en la fuerza aglutinante de la compasión. Rahamin, la palabra hebrea para compasión, viene de rahem, vientre, entrañas. De ahí viene la compasión, de las entrañas, a medida que recuperamos los sentidos y con ellos un nuevo sentido de lo que somos y hacemos.

Y así, desde abajo, a menudo con impulsos que sólo buscan la supervivencia ante condiciones extremas, se forma ya el mundo en que soñaban los zapatistas, el mundo en que caben muchos mundos, cuando personas reales, en los más variados contextos, dan de nuevo sentido a sus vidas.

El despertar

Hace tiempo lo sabíamos. Acechaban toda suerte de pandemias y amenazas mucho más graves. Las peores formas del patriarcado se manifestaban en sus formas más violentas. El despojo sustituía ya a un modo de producción que llegaba a su término y la acumulación sin precedente de riqueza, en cada vez menos manos, iba paralela al aumento y generalización sin precedente de miseria.

La repentina constatación de las incapacidades y distorsiones del régimen dominante, de su profunda inmoralidad, ha llegado a las élites. Un inesperado editorial del diario británico Financial Times exige reformas radicales “que inviertan la dirección política predominante en las últimas décadas”, porque se trata de “forjar una sociedad que funcione para todos”. El editorial plantea que “los gobiernos tendrán que aceptar un papel más activo en la economía”, pero con otro sentido, porque los apoyos gubernamentales que se han estado dando empeorarán la situación. “La redistribución tendrá que volver a la agenda” y salir de ella el privilegio de los ricos.10 Uno de sus más sólidos defensores entierra así, con elegancia, el evangelio neoliberal.

Para muchas personas comunes suena cada vez más como lenguaje vacío esa repentina conciencia de las consecuencias de la trampa neoliberal y de la necesidad de escapar de ella con remedios que hasta hace poco tiempo resultaban anatema, como los keynesianos, lo mismo que la incansable repetición de dogmas de quienes siguen creyendo que todo puede volver a ser como antes si se toman las medidas apropiadas. Puesto que la circunstancia exige a la mayoría recuperar el sentido y los sentidos, como condición de supervivencia, empieza a cuartearse la mentalidad que convirtió a las abstracciones en una nueva religión que les atribuía el carácter de la realidad “real de verdad”.

La nueva mentalidad no llegó a contaminar a todas las personas de la misma manera, pero empezó a constituir una experiencia común que transformó a los usuarios de herramientas en meros subsistemas de sistemas –al pasar de la máquina de escribir a Word, por ejemplo. Paso a paso, se llegó a la aceptación sin reservas de una “conciencia” en que todas y todos seríamos átomos homogéneos de una “realidad” global. Hasta los que no podían dejar de aferrarse a su realidad inmediata para sobrevivir empezaron a dudar de sus propias convicciones. Llegaron a pensar que, en efecto, vivíamos todas y todos en un “mundo globalizado” y que compartíamos “problemas comunes”. Si bien la pandemia estaría reforzando esa manera general de pensar, al mismo tiempo está haciendo evidente que se trata de una reducción insoportable. El virus no plantea el mismo “problema” en Bruselas, en la colonia Polanco de la ciudad de México o en una comunidad chiapaneca. No lo es siquiera en distintos barrios de Nueva York.

Se está produciendo un despertar.

Abandonar fantasmas e ilusiones

El invento de la ecología global, en la Cumbre de la Tierra de Río, en 1992, puso la tarea de ocuparse de ella en manos de los gobiernos y las corporaciones que son los principales causantes de la destrucción ambiental. Se socavó así al vigoroso movimiento ecologista, empeñado en acciones concretas a ras de tierra, cuyas crecientes movilizaciones habían provocado la Cumbre. Ese invento de la ecología global, una de las formas de la “globalización”, preparó poco a poco a la gente para que aceptase tanto la realidad de los “problemas globales” como la necesidad de “remedios igualmente globales”, que obviamente no podían estar a cargo de las personas comunes, de la mayoría. “Salvar el planeta” apareció como una reivindicación sensata, que sólo podía concebirse e implementarse desde arriba.

Se formó así un prejuicio general sobre la existencia real de una “realidad global” sobre el cual se asentó muy fluidamente el catecismo de las respuestas “globales” ante la pandemia actual, la cual sería la evidencia extrema de un “hecho global” que nos afecta e infecta a todas y todos. En el mundo real, persistió una lucha salvaje de grupos y países por apoderarse de los recursos médicos escasos que se han considerado indispensables para “salvar vidas”, para compensar de alguna manera el olvido en que habían quedado los servicios de salud. Sin embargo, lejos de desalentar con ello el empeño, esa misma lucha salvaje, la aparatosa falta de coordinación entre los mecanismos institucionales creados para concertar la acción a escala internacional y la caótica dispersión de los esfuerzos ante “el enemigo común”, acentuaron la exigencia de formular una política global y establecer los poderes e instituciones capaces de implementarla, los cuales, a escala nacional y global, podrían poner a todo mundo en orden, bajo una dirección superior y común. Sólo así podría ganarse la que se considera la primera guerra auténticamente global de la historia. Mientras se avanza en esa dirección, se practica la concentración de poder en la profesión médica, que sería el arma clave en este combate, consolidando el que ya tenía; puede ahora dictar medidas universales.

Platón nos lo había advertido: al emplear la formidable capacidad humana de abstraer, debemos poner entre paréntesis las abstracciones que hagamos, para no confundirlas con la realidad. En Occidente, sin embargo, se cayeron los paréntesis y luego ocurrió algo peor. Al perderse progresivamente confianza en los sentidos, en la percepción concreta de la realidad, empezó a atribuirse a las abstracciones la condición de realidad real de verdad, relativizando la experiencia empírica. Poco a poco las abstracciones propias empezaron a ser sustituidas por abstracciones producidas por las élites, para formatear mentalidades y comportamientos de la gente de manera programada. A menudo esas abstracciones llegaron empacadas como “verdades científicas”, a las que se atribuyó un valor superior e incontestable. La ecología global, como la pandemia, aparecieron como datos de realidad, respaldados por la ciencia. No hubo mayor objeción al hecho de que las decisiones colectivas empezaran a estar guiadas por modelos probabilísticos con pies de barro.

Wendell Berry tenía razón cuando nos lo advirtió, hace casi 30 años, en uno más de sus llamados a concentrar la mirada en lo local: “Hablando propiamente –señaló– no es posible pensar globalmente. Quienes han “pensado globalmente” (y entre ellos los más exitosos han sido gobiernos imperialistas y corporaciones multinacionales) lo han hecho mediante simplificaciones tan extremas que no merecen el nombre de pensamiento. Los pensadores globales han sido y serán gente peligrosa”.11

Igualmente, tenía razón Iván Illich cuando mostró, hace 50 años, la contraproductividad de todas las instituciones modernas. Al aplicar su argumento al campo de la medicina, en 1975, denunció que la medicina institucionalizada había llegado a ser una grave amenaza para la salud y que vivíamos ya bajo la dictadura de la profesión, que formulaba las normas sanitarias, las aplicaba y penalizaba a quienes no se ajustaran a ellas –como se hace ahora cuando se usa la fuerza pública para someter a quienes no cumplen las normas formuladas por los expertos médicos. Illich consideraba que “el impacto del control profesional de la medicina, que inhabilita a la gente, ha alcanzado las proporciones de una epidemia”. Llamó iatrogénesis a esa plaga, en que iatros es el nombre griego para médico y genesis significa origen.12

Doce años después, al examinar de nuevo su argumento, observó que en su libro no había tomado en cuenta un efecto iatrogénico simbólico aún más profundo que los que había denunciado: la iatrogénesis del cuerpo mismo, el hecho de que desde mediados del siglo pasado “la aprehensión de nuestros cuerpos y de nuestro yo se volvió el resultado de concepciones médicas y de cuidados médicos”. No había logrado discernir, al escribir su libro, que, “al igual que la percepción de la enfermedad, la discapacidad, el dolor y la muerte, la percepción misma del cuerpo había tomado un giro iatrógeno”. Y llevó más lejos su argumento. Le pareció estar ante una transición por la cual se disuelve el cuerpo iatrógeno en un cuerpo adaptado por y para la tecnología avanzada.

En el texto en que reflexiona sobre su libro, Iván Illich parece claramente horrorizado ante un proceso que desmantelaba ante sus ojos el arte tradicional de encarnar una cultura, en el cual se tiene plena conciencia del cuerpo como lugar fundamental de la experiencia y se admite que cada época tiene su estilo propio para vivir la condición humana que tradicionalmente se llama “la carne”. Ahora, le pareció, surgía un individuo que se objetiva a sí mismo y se considera el “productor” de su cuerpo. Sería un componente de una nueva matriz epistemológica en formación, que daría lugar a un nuevo tipo de seres.13

Para Illich, se estaba cumpliendo así de la peor forma imaginable lo que anticipó desde 1973, en La convivencialidad, cuando advirtió que se había cruzado un umbral a partir del cual la protección de una población sumisa y dependiente se convertiría en la preocupación principal y en el gran negocio de la profesión médica. Hoy produce asombro la medida en que muchas personas habitualmente críticas de las políticas y medidas gubernamentales aceptan sin chistar y hasta celebran medidas a menudo disparatadas.

Para quien lea hoy esos viejos textos de Illich, resultará asombrosa la manera en que parece estar describiendo lo que ocurre con la pandemia, cuando lo que sospechaba se ha realizado y se nos ha empezado a tratar como elementos de algoritmos y nosotros mismos hemos entrado a ese juego, a la auto-algoritmización. Se ha llegado a aceptar sin dificultad nuestra transformación en subsistemas de sistemas en cada una de las facetas de nuestra vida cotidiana.14

La ruptura

La pandemia del COVID-19 constituye sin duda un llamado de alerta. Permite ver muchos aspectos del horror que habíamos llegado a considerar “normal”. Sin embargo, hasta en las propuestas que parecen más radicales y “progresistas” se mantiene un lenguaje obsoleto y una mirada fuera de lugar. Un grupo de prominentes intelectuales españoles, por ejemplo, acaba de criticar con sobradas razones la “Carta al G20” firmada por un grupo destacado de “líderes mundiales para dar una respuesta global a la crisis del coronavirus”. En su pronunciamiento, “¿Carta al G20'? Más de lo mismo, no”, rechazan que se propongan de nuevo recetas como las de 2008, cuando hace falta algo enteramente diferente… pero lo formulan con múltiples lugares comunes, usando todos los términos que denunció Illich, y terminan invocando un fantasma: una “conciencia global de la ciudadanía mundial”, que podrá “presencialmente o en el ciberespacio, manifestarse sin cortapisas” para imponer “la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza”.15 No parecen darse cuenta del universalismo colonial desde el cual formulan sus prescripciones.

Para la mayoría de las personas, ya sea confinadas u obligadas a luchar en la calle por la supervivencia, bien sea constreñidas por normas impuestas que consideran apropiado obedecer –hasta cuando les parecen insensatas– o bien en la libertad de pueblos y barrios que están definiendo sus propias normas, la pandemia exige reconsiderar la dirección de la mirada. Muchas de ellas empiezan a ver de nuevo hacia sus lugares, hacia las personas concretas que las rodean, hasta a aquellos vecinos que apenas saludaban. Empiezan a ver-se de nuevo, con otros ojos. Dejan de pronto de tener en la frente la etiqueta que identificaba los papeles que cumplían en la vida cotidiana, como componentes individuales de categorías abstractas, al ser pasajeros de un autobús, clientes de un restaurante, estudiantes, profesores, consumidores, profesionales de cualquier campo…, porque ya no están en vehículos o instituciones sino en sus casas, en sus lugares.

Desde sus entrañas, con la compasión que sienten ya por otras y otros, surge una extraña sensación de re-conocimiento de otro “yo” que tenían sumergido, dentro de la cárcel de las condiciones habituales de la “normalidad”. Es un “yo” que ahora tiene la oportunidad de levantar la cabeza y hacer latir el corazón en la sensación de una forma real del nosotros, de no ser ya un individuo de la masa homogénea sino el nudo de una red de relaciones concretas. En vez de la mirada hacia lo global, lo nacional, la población, las vidas humanas probabilísticamente modeladas por los expertos, en vez de una percepción impuesta por un sistema enloquecido, recuperan una mirada propia. A menudo, logran encontrar en este nuevo camino a quienes nunca la perdieron y con ella han estado luchando por sobrevivir. Junto a ellas y ellos dicen ahora con firmeza: “No queremos volver a la normalidad”.

Se forja así, día tras día, el tejido mental y práctico que se niega a aceptar la in-munidad, el rechazo de toda obligación recíproca (el munus común) para afirmarse en la co-munidad. 16 En pleno “territorio enemigo”, tal como Giap utilizó la máquina de guerra norteamericana para derrotarlo, aparecen nuevas expresiones: el “hackeo cultural”, que consiste en “hacer de lo radical un sentido común. Narrativas insurrectas de código abierto. Defender la vida y el territorio; desarticular los sistemas de opresión un meme a la vez.”17

Finalmente, se trata de volver a ser lo que somos, lo que expresa el dharma, entre los hindúes, o la comunalidad entre los pueblos indios de Oaxaca: personas, nudos de redes de relaciones concretas, que sólo pueden ser lo que son cuando esas redes forman comunidad, cuando tienen entre sí obligaciones recíprocas. No hay mejor antídoto que éste contra el autoritarismo rampante que nos acosa y que nos penetra por todos los poros de los recursos electrónicos que se quiere convertir en condición de supervivencia, en la última expresión del reino patriarcal.

San Pablo Etla, Oaxaca,15 de abril de 2020.

Gustavo Esteva: Egresado del Departamento de Relaciones Industriales de la Universidad Iberoamericana, ha sido consultor de organismos internacionales como la CEPAL, la FAO y la Unesco. Fue miembro de la Comisión Nacional de Justicia para los Pueblos Indígenas de México y coordinador del programa “Regeneración cultural de comunidades indígenas en Chiapas, Guerrero y Oaxaca”. En 1978 mereció el Premio de Economía Política “Juan F. Noyola”, otorgado por el Colegio Nacional de Economistas. Colaborador de diversas publicaciones periódicas mexicanas y extranjeras, lo es actualmente del diario La Jornada. Activista, intelectual “desprofesionalizado” y especialista en el desarrollo de los pueblos, en 2001 fundó, como una comunidad de aprendices, la Universidad de la Tierra (UniTierra), en Oaxaca, lugar donde reside.

Referencias

1 Giorgio Agamben, “Si la feroz religión del dinero devora el futuro”, La Repubblica, 27/05/2015 (https:// es.scribd.com/document/353931216/Giorgio-Agamben-Si-la-feroz-religion-del-dinero-devora-el-futuro-16- de-febrero-de-2012-pdf)

2 Evade Chile, “Coronavirus: Reporte de Chile”: www.comunizar.com.ar

3 Ver, en particular, “Giorgio Agamben y el nuevo estado de excepción gracias al coronavirus”, https://www. clarin.com/revista-enie/ideas/giorgio-agamben-nuevo-excepcion-gracias-coronavirus_0_PudxE2ilo.html, Anastasia Berg, “El derrape de Giorgio Agamben sobre el coronavirus” http://comunizar.com.ar/derrape-giorgio-agamben-coronavirus/

4 Giorgio Agamben en entrevista: “La epidemia muestra que el Estado de excepción se ha convertido en la condición normal”, Le Monde, 24/03/2020.

5 Boaventura de Sousa Santos (coord.), (2007), Democratizar la democracia. http://sitp.pichincha.gob.ec/ repositorio/diseno_paginas/archivos/Democratizar%20la%20Democracia_Los%20caminos%20de%20la%20 democracia%20participativa.pdf

6 Michel Foucault, “Preface”, en Gilles Deleuze y Felix Guattari, Oedipus: Capitalism and Squizofrenia, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1983.

7 Giorgio Agambem, “Distanciamiento social”, Una Voce, 06/04/2020, artilleriainmanente.noblogs.com

8 Franco ‘Bifo' Berardi, Crónica de la posdeflación, Mundo Nuestro, 19/03/2020, http://mundonuestro.mx/ index.php/autores/item/2303-franco-berardi-bifo-cronica-de-la-psicodeflacion

9 Raúl Zibechi, “A las puertas de un nuevo orden mundial”, elsaltodiario.com

10 https://www.perfil.com/noticias/economia/financial-times-se-requieren-reformas-radicales-para-forjar-una-sociedad-que-funcione-para-todos.phtml

11 Wendell Berry, “Out Of Yor Card, Off Your Horse”, The Atlantic Monthly, febrero de 1991. https://www.theatlantic.com/magazine/archive/1991/02/out-your-car-your-horse/309159/

12 Iván Illich, Némesis médica, en Obras reunidas I, México, FCE, 2006, p. 535.

13 Iván Illich, “Doce años después de Némesis médica: por una historia del cuerpo”, en Obras reunidas II, México, FCE, 2008, pp. 603-609.

14 David Cayley es un analista y periodista canadiense que a lo largo de los últimos 30 años ha consagrado su vida a estudiar el pensamiento de Iván Illich y compartirlo. Ha publicado dos libros sobre sus conversaciones con él y pronto publicará su biografía. Acaba de publicar un texto peculiar: Questions about the current pandemic from the point of view of Ivan Illich, que resulta muy útil para este análisis. https://www.quodlibet.it/ david-cayley-questions-about-the-current-pandemic-from-the-point

15 https://www.eldiario.es/tribunaabierta/Carta-G20-mismo_6_1015308473.html

16 Ver, en particular, Roberto Esposito, Communitas: Origen y destino de la comunidad (1998, https://www. academia.edu/5422710/Esposito_Roberto_-_Communitas._Origen_y_destino_de_la_comunidad) e Inmunitas: Protección y negación de la vida (2002, https://www.academia.edu/17835542/147696323-Roberto-Esposito-Inmunitas).

17 https://hackeocultural.org/wp-content/uploads/2020/04/HackearLaPandemia-1.1-HackeoCultural.pdf

Fuente: http://revistas.ibero.mx/ibero/uploads/volumenes/54/pdf/24-El-dia-despues-Gustavo-Esteva.pdf


 
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